Necesitamos más Misericordia
El mundo tiene la capacidad de mostrar esta virtud, la cual su definición es la inclinación del ánimo a compadecerse de los sufrimientos y/o miserias ajenas.
La misericordia va íntimamente ligada a la compasión. Es el ánimo de querer alivianar el sufrimiento del prójimo. Sin embargo, se hace difícil que tal virtud surja, cuando existe un exceso de individualismo y egoísmo. Este egoísmo imposibilita el sentir compasión y por ende se hace imposible comprender su relevancia y sus posibles beneficios.
¿Cómo se le puede pedir a alguien que sea compasivo, si éste se encuentra mentalmente y físicamente incapacitado?.
Hoy en día, el dinero es preponderante en todos los aspectos de la sociedad. Incluso en las políticas de salud mental, se habla de cuanto dinero se invierte en ello. Atenderse con un profesional psicólogo, médico o terapéuta implica necesariamente disponer del dinero para recibir ayuda, y miles y miles de personas quedan a merced de si existe algún programa que les subsidie la salud mental, y si hay suficientes profesionales que estén dispuestos a entregarla. El problema viene de esa casi exclusiva dependencia al dinero como condicionante para tener la guía apropiada que nos permite sanar.
El dinero fluctúa y depende de factores que pocas veces tienen que ver con la generosidad y la virtud en general, menos la misericordia. Más bien el gran Movil del dinero en el mundo es la avidez, el deseo insaciable de tener más sin importar las consecuencias. El dinero como energía bien pudiera ser suficiente para priorizar políticas que permitan un acceso al bienestar, al crecimiento humano integral, a la auto realización individual y social. Sin embargo la realidad es otra (aún), por lo que necesitamos cambiar el foco.

La codicia es una enfermedad que hay que sanar si queremos acercarnos a nuestro potencial virtuoso, en donde si tendrán cabida la generosidad, el altruismo, la bondad, y la compasión.
Hoy en día la ciencia nos corrobora aquello que los antiguos religiosos (los de verdad, los sinceros de corazón), y algunos filósofos y pensadores, nos presentaban con amor, por medio de su autorrealización y por misericordia al humano sufriente, nos aconsejaban el como salir de nuestras congojas y miserias, sin anteponer primero que se les diera un pago monetario. Si bien en la antigüedad existían las riquezas y el dinero, muchos conocían el valor de la donación consciente. Los antiguos griegos y romanos practicaban el mecenazgo apoyando a artistas, filósofos y escritores, y los reyes de antaño patrocinaban los monasterios donde existía el repositorio del conocimiento y eran los pilares de la rectitud, la cual guiaba a la sociedad, a fin de que ésta no cayera en la depravación y el salvajismo.
En India y Oriente, desde tiempos inmemoriales, lo sabios, santos y ascetas eran (y aún son) muy respetados, sabiendo que éstos hombres y mujeres son luminarias, repositorios de sabiduría viva y fuente de guía.
Honestamente ignoro desde cuando en nuestra historia como humanidad comenzamos a mirar a los demás como objetos de transacción más que como seres sintientes. Quizás desde que existe la memoria y la historia registrada, ha existido en nosotros la capacidad antagónica del bien y el mal. Cuando hablo del bien y el mal, si bien es un tema que fácilmente pudiera extenderse, quisiera en este artículo definir puntualmente al bien como aquellos actos de mente, palabra y obra tendientes al bienestar, a la paz, a la unidad. Las herramientas para ello pueden ser diversas, y sin embargo, las características son transversales: a través de la empatía, la compasión, la Fe y la generosidad. Pero previo a vivir y expresar estas cualidades, que no nacen de la nada, que despiertan desde la iluminación de nuestra oscuridad, del dolor, de la experiencia de la aflicción y las ganas genuinas de no perseguir o proyectar lo negativo, más bien transmutar el dolor en sabiduría y compasión. El loto que surge del fango de los errores, tropiezos y aprendizajes.
A través de este recorrido sagrado, de la resignificación de las vivencias, dificultades y triunfos, podemos compartir nuestro recorrido con un sentir verdadero, honesto.
Sin embargo, la vía del dolor, de las experiencias, aflicciones, y triunfos personales o colectivos hacia el nacer de una sabiduría, no son el único mecanismo de maduración; también lo es la inspiración, la guía y el ejemplo.
Quien tenga un oído capaz de inclinarse a escuchar con humildad y gratitud el mensaje de los sabios, aquellos adalides de la humanidad que han dejado su huella de inmenso ejemplo, como Buda, o Cristo, podrán avanzar en su recorrido con la magnifica Fe, y eventualmente, paso a paso, Dar Fe, desde su propia experiencia directa.
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El mal, no es mas que el vagar por las calles sin dirección, sin luminosidad que nos permita ver el camino con claridad. Entonces nos dirigimos hacia acantilados sin saberlo, dañamos desde la ignorancia o la confusión. La malevolencia no es mas que la exacerbación de un alma perdida, incapaz de apreciar su propia luz que se encuentra enterrada en lo mas profundo de su ser, incapaz de expresarse. El mal son todos aquellos actos de mente, palabra y de obra motivados por la ignorancia de si mismos, aquellos actos conducentes a dañar, movidos por una motivación insana.
Hace un tiempo atrás leía en un libro la siguiente frase “en última instancia, la gracia es todo lo que hay.” Significaba que ante el pozo más profundo que podamos caer como individuos o como sociedad, hay una luz de esperanza y redención, cuando desde el fondo del corazón, surge el llamado hacia el perdón y la misericordia; el perdón por todas nuestras faltas, el conocimiento de que hemos actuado erróneamente, y tocar las puertas de Cristo en su clamor a Dios cuando dijo “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” Esa misericordia por la humanidad sufriente, ignorante, que no sabe lo que hace, pero que en un atisbo de lucidez, podemos despertar a ese vital darnos cuenta y pedir misericordia, tocando las puertas de lo Alto, con el único instrumento capaz de llegar allí; la humildad del corazón.
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