Templanza y consciencia
La quintaesencia a cultivar
¿Qué nos mueve como seres humanos?
¿Qué nos motiva?
Cuando comenzamos a habitarnos, a presenciar el fenómeno de las reacciones, el fenómeno del sentir y de los pensamientos asociados, nos vamos dando cuenta que hay bastante de codicia y de odio.
Estos dos polos se manifiestan en diferentes grados.
Si dejamos de lado la moralina heredada de instituciones, y simplemente observamos interiormente lo que sucede, este ángulo de visión nos entrega comprensión.
Hay gustos y disgustos. A alguien le puede gustar desde un inofensivo chocolate caliente, hasta ser cruel. Del gusto a la avidez, existe una línea que en muchas ocasiones puede que no sepamos como reconocerla.
Lo codicia es la avidez acentuada, y no discierne objetos. La mente queda relegada, esclavizada a ese deseo empedernido. Al tener una energía fuerte, mueve la voluntad y nuestros actos de palabra y físicos serán sirvientes de ese fuerte deseo.
De igual manera, el rechazo a algo o alguien tiene diferentes grados. Desde un inofensivo “no me gusta la sopa” hasta el odio irracional. Hay una línea sin embargo, que divide de lo saludable a lo insano.
Esta línea es la consciencia y el equilibrio interno.
Toda vez que deseamos algo intensamente, perdemos el equilibrio de la mente. Al decir “mente” aquí hago referencia a todo el espectro psicoemocional, ya que pensamientos y emociones son inseparables. Perder el equilibrio es perder nuestra paz y armonía; y esto es sufrimiento.
Al sentir rechazo a algo —a nivel de aversión—, también perdemos el equilibrio, hay tensión, hay ofuscación. Esto también es sufrimiento, perdemos la paz y tranquilidad internas.
¿Cómo entonces podemos vivir en equilibrio y tranquilidad interna, si la vida se compone de esta marea de deseos y disgustos?
Precisamente porque la vida no es solo eso; existe la tendencia a pensar así porque es a lo que nos hemos visto expuestos y a su vez hemos internalizado como verdad.
Existe un camino medio entre la avidez, y el rechazo perjudicial, y éste es la templanza ante la vida.
La templanza es más que pasar un momento en armonía. Es comprensión profunda de la realidad, y ésta permite naturalmente brotar las aguas del equilibrio interior.
Esta es una facultad adormecida en nosotr@s. Cultivarla requiere, primero, tener el conocimiento de que sí es posible y luego, el como hacerlo.
En la antigüedad, Buda dio el poderoso ingrediente de la meditación, sustentado en el desarrollo de una atención plena en cuatro áreas que abarcan nuestro ser: el cuerpo y sus sensaciones, y la mente y sus contenidos. Todas están interrelacionadas.
Al cultivar gradualmente una atención plena en el fenómeno de los pensamientos, nos damos cuenta que estos siguen un patrón, y que como el viento, vienen y van, surgen y desaparecen. Apreciar esto nos abre una ventana de discernimiento enorme.
Con esta misma atención, cultivada en el cuerpo, permanecemos atentas, atentos, y eventualmente podemos llegar a sentir, desde las sensaciones más evidentes, dolorosas, pesadas, hasta las sensaciones mas sutiles, que están ahí, aunque no perceptibles para la mente no entrenada en percibirlas. La meditación es una herramienta efectiva para agudizar nuestra capacidad de percepción y apreciar esta realidad corporal. Con esta auto- observación, vemos que esta misma ley de la naturaleza, la ley de la transitoriedad, sucede a todo nivel en el cuerpo y sus sensaciones; todas son efímeras, vienen, se van, y otras aparecen, sin cesar.
Al cultivar esta capacidad de percepción, al mismo tiempo cultivamos sabiduría, que es vivencial, experiencial. Por si misma nos hará despertar a la templanza en nuestras vidas cada vez más, naturalmente, y esta templanza es consciencia, mera consciencia. Es el cese de la mente de deseos, la mente de sujeción o "“piloto automático.”
Que podamos cultivar la templanza, para abrirnos a la sabiduría, momento a momento, un paso a la vez, y al cultivo del corazón como consciencia y amor; esto será así desde el paso uno, hasta el último, a lo largo de todo el sendero.
Que todas y todos seamos felices
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Aarón

